Lo reconozco, hoy me
he tirado un pedo, o mejor un cuesco que es como más formal.
Ahora bien, ha sido un pedo de esos silenciosos. Ni siquiera se ha
notado. No ha hecho ni una trompetilla, como saliendo en aire a
presión por una lengüeta plana, pprrrizzzzsss … apenas, casi un
suspiro, pues ni eso. Luego evidentemente he aireado el ambiente
haciendo aspavientos con las manos como un italiano que indica el
camino correcto a un turista despistado. Mejor aclaro esto último.
He hecho estos aspavientos simplemente porque venían visitas. Tras
mi mímica gestual, llamaron tres golpes a la ventana y pensé que
quizá no había tenido tiempo de ventilar el aroma desagradable que
pudiese quedar. Me explico: vivo en una Planta Baja y a las personas
les resulta muy sencillo llamar a la ventana, o si no está abierta,
a la persiana. Seguidamente, voy a la ventana y miro quien es la
persona que llama y generalmente voy a la puerta y abro desde allí.
Esta vez no
necesitaba ir a ver quien era. Siempre venía a esta hora del día,
no fallaba nunca. Y la forma de llamar también era muy
característica. Desde luego tenía que ser ella. Tenía unos ojos
verdes deslumbrantes, y una figura realmente felina que siempre
sorprendía. Lo malo es que también tenía un olfato muy
desarrollado, y aunque mi pedito había casi desaparecido, igual
captaba algún resto de esos que llaman residual. Al fin me decidí a abrir la puerta con cierta pesadumbre y apareció una pata peluda a
través suyo. La siguió el resto de la gata con rabo incluido. Entró
con la cabeza alta, como si fuese la reina del castillo y no hubiese
nada que decir en contra. Porque, como osáis? Por Dios! que un
simple Plebeyo se dirija a mi, que he visto surgir Imperios y que
luego caían en lo más hondo. Que he visto como asesinaban a
Emperadores prometedores. He visto como se alzaban de la nada reinos
poderosos, he visto … Todo lo he visto.
Bueno, era una gata,
vale, no me miréis así, ahora no me vayáis a sermonear. Venía siempre a esta hora y llamaba a la ventana con tres
golpes de su pata.