Creía que lo del “martillo rompe cristales que hay que coger rompiendo el cristal tras el que está” era solo cosa del Metro, pero no, hoy lo he encontrado también en el tren a Castellón (Transbordo en Sagunto→ C5), que es al que tenía que subir para ir a Algimia de Alfara desde Valencia.
Algimia no es que sea un pueblo con mucho Patrimonio, pero es un lugar muy agradable para vivir, con gente muy amable, buen clima, paisajes y rutas ideales para cicloturistas y paseantes, y bastantes fuentes, alguna de ellas milenaria. En cuanto al carácter de sus habitantes, se ha de decir que su población original en la Edad Media la conformaba principalmente un núcleo morisco, que se debió formar cuando en la Reconquista se quiso despoblar a la vecina Torres-Torres de “chusma mora” y dejar en ella únicamente cristianos (y así les ha ido), porque ese origen morisco de Algimia es casi un sello que asegura una mentalidad más abierta. De manera que cuando vi la silueta del monte Picayo Redó recortarse en la ventanilla del tren me sentí como si estuviese en casa (el Picayo a secas está casi llegando a Sagunto). La historia es sencilla: cuando el chalet aún estaba construyéndose, mis padres alquilaron una casita en el pueblo para veranear. Y ahora recuerdo que subí al Picayo Redó, pero cuando era hipermegasuperenano. Y no recuerdo más que subí, y bajé evidentemente, pero nothing more.







