Se invitó a pasar al mago al salón donde yo estaba. Entonces yo era una persona como todas las demás, pero con cetro y corona. El mago dijo que podía hacer realidad todos mis deseos. Eso era mucho, y quise ponerlo a prueba. Le pedí diez diamantes del tamaño de un puño. A la mañana siguiente, vino con una cajita nacarada con aroma a cedro. La abrió y dentro estaban los diamantes. En la siguiente ocasión le pedí 20 caballos árabes. En la siguiente, 100 perlas purísimas de las Antillas. Siempre cumplía. Tengo habitaciones llenas de tesoros hasta el techo. Me impuso una condición. No debía salir del reino. Yo me impacientaba y quería recorrer el mundo con mi riqueza. Una vez que el mago no estaba y me había abandonado como el desodorante. Me dije que después de todo yo era el Rey y todas las posesiones del Reino me pertenecían. Así que forcé la salida. Se oyó un trueno atronador y apareció el mago junto al rey. Le miró con unos ojos hipnotizadores y sus manos hicieron pases arriba y abajo. De repente, el rey notó un hormigueo por toda la columna y una sensación cálida y agradable recorriéndole la parte posterior del cuello. Pero lo que no resultó nada agradable fue las consecuencias de esa sensación. Ya que cuando el Rey se miró las manos, lo que vio fue unos apéndices de aspecto gelatinoso y semitransparente. Y cuando por fin pudo verse reflejado en un arroyo de montaña, como quería hacerlo el Señor Burns de los Simpson, vio que había sido convertido en una rana. Y además el mago tenía una vena sádica y se había regodeado, porque su magnífica corona toda engastada de pedrería, con rubíes, esmeraldas y amatistas, el mago la había convertido en una pequeña coronita de papel.
A partir de ahora tendrás que estar en forma de rana dentro de tu Reino y con tus riquezas, hasta que alguien ocupe tu lugar.
Y si esa persona me sustituye, se convertirá en rana ella también?
Claro que no, solo te he maldecido a ti.
Y el mago se marchó.Y a su barco le llamó Libertad.