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martes, febrero 17, 2026

Contrafacidas

 

Cuando era muy joven me encantaba una montaña que había detrás de donde estaba el chalet de mis padres. Esa montaña tenía una forma como de tetas contrahechas. No, de ninguna manera se podía decir que esa montaña se parecía a la montaña de los Pechos de Shiva que aparece en la Película de Allan Quatermain de Las minas del rey Salomón. Más bien se parecía a unos senos en que un malébolo mosquito ha hecho de las suyas hinchando uno de ellos. Un día, el grupito de cazurros y cazurras con el que salía decidimos subir hasta la cima de esa montaña, palabra que rima con castaña. Había caminos casi hasta el final, porque un agricultor de esos que tienen grandes proyectos que igual salen bien o igual no, había comprado media montaña y la había sembrado de frutales. Y claro, también había algunas pequeñas construcciones para guardar herramientas que estaban vacías la mayoría. Por cierto como curiosidad, en una de esas construcciones, abierta desde luego y que era solo cuatro paredes y una puerta y dentro unos cuantos ladrillos amontonados, alguien había dibujado con trazo al carbón (he dicho carbón y no … eso otro), bueno había dibujado un cuerpo con líneas femeninas y dos puntitos frontales que no eran los ojos porque estaban más abajo, lo juro por Kalfu. Ignoro si esa persona tuvo modelo, o compartía mi visión de la montaña. Bien, continúo del verbo continuar. Seguimos nuestro ascenso al monte de mis entretelas. Al final del camino, había dos opciones. La primera era rodear por una u otra parte la cima de montaña, porque por nuestra parte estaba cortada a pico pero por el lado de detrás de la montaña era una subida suave, y como no llevábamos ni una puta cuerda se supone que esa era la mejor opción. Pero claro, éramos todos unos enanos, y los enanos iban a hacer el burro como corresponde. O sea, que fuimos por la parte cortada a pico. Eran solo unos 2 metros, pero para unos nanos donde el mayor tendría 10 y el o la menor 6, aquello era el Everest. En resumen, me quedé colgando con una mano de un saliente de una roca durante un buen rato sin poder llegar a ninguna parte, y no veas las caras más blancas que se les quedó a la pandilla. Pero antes de que finalmente pudiese llegar con un pie a una grieta, mi imaginación llegó al rescate, y recordé lo que siempre me había parecido la montaña. Entonces fui feliz colgando de un pezón.

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