Cuando era muy joven
me encantaba una montaña que había detrás de donde estaba el
chalet de mis padres. Esa montaña tenía una forma como de tetas
contrahechas. No, de ninguna manera se podía decir que esa montaña
se parecía a la montaña de los Pechos de Shiva que aparece
en la Película de Allan Quatermain de Las minas del rey Salomón. Más bien se parecía a unos senos en que un
malébolo mosquito ha hecho de las suyas hinchando uno de
ellos. Un día, el grupito de cazurros y cazurras con el que salía
decidimos subir hasta la cima de esa montaña, palabra que rima con
castaña. Había caminos casi hasta el final, porque un agricultor de
esos que tienen grandes proyectos que igual salen bien o igual no,
había comprado media montaña y la había sembrado de frutales. Y
claro, también había algunas pequeñas construcciones para guardar
herramientas que estaban vacías la mayoría. Por cierto como
curiosidad, en una de esas construcciones, abierta desde luego y que
era solo cuatro paredes y una puerta y dentro unos cuantos ladrillos
amontonados, alguien había dibujado con trazo al carbón (he dicho
carbón y no … eso otro), bueno había dibujado un cuerpo con
líneas femeninas y dos puntitos frontales que no eran los ojos
porque estaban más abajo, lo juro por Kalfu.
Ignoro si esa persona tuvo modelo, o compartía mi visión de la
montaña. Bien, continúo del verbo continuar. Seguimos nuestro
ascenso al monte de mis entretelas.
Al final del camino, había dos opciones. La primera era rodear por
una u otra parte la cima de montaña, porque por nuestra parte estaba
cortada a pico pero por el lado de detrás de la montaña era una
subida suave, y como no llevábamos ni una puta cuerda se supone que
esa era la mejor opción. Pero claro, éramos todos unos enanos, y
los enanos iban a hacer el burro como corresponde. O sea, que fuimos
por la parte cortada a pico. Eran solo unos 2 metros, pero para unos
nanos donde el mayor tendría 10 y el o la menor 6, aquello era el
Everest. En resumen, me quedé colgando con una mano de un saliente de una roca durante un buen
rato sin poder llegar a ninguna parte, y no veas las caras más
blancas que se les quedó a la pandilla. Pero antes de que finalmente
pudiese llegar con un pie a una grieta, mi imaginación llegó al
rescate, y recordé lo que siempre me había parecido la montaña.
Entonces fui feliz colgando de un pezón.